El concreto no falló en Otis. Las aberturas sí.

En octubre de 2023, el huracán Otis tocó tierra en Acapulco como categoría 5, con una velocidad de intensificación que ningún modelo predijo a tiempo. Semanas después recorrí Acapulco junto con equipos de aseguradoras y constructoras que evaluaban daños, y vi algo que se repetía con una frecuencia que no esperaba: edificios de concreto con la fachada perfectamente en pie, y el interior completamente destruido.
No era casualidad. Cada una de esas propiedades compartía el mismo defecto, aunque a simple vista no se pareciera en nada entre una y otra: una abertura sin protección, casi siempre de las que nadie considera importantes.
A partir de lo que dejó Otis, vale la pena revisar cuatro temas con calma: por qué un edificio de concreto puede fracasar aunque su estructura permanezca en pie, cómo opera la presurización interna una vez que una abertura cede, qué debe revisar un propietario o administrador antes de asumir que está protegido y qué preguntas conviene hacer cuando evalúa un sistema de protección. La experiencia de Acapulco ofrece evidencia concreta para entender ese mecanismo.
Durante años, la conversación sobre protección contra huracanes en México se ha centrado casi exclusivamente en la estructura: qué tan grueso es el muro, qué tan reforzada está la losa, qué tan sólido se ve el edificio a simple vista. Es la lógica con la que se construyó buena parte de la costa mexicana, y durante décadas pareció suficiente, en parte porque la mayoría de los huracanes que llegaban no ponían esa lógica a prueba hasta el límite.
Otis sí la puso a prueba, y el resultado fue bastante claro cuando uno recorre las propiedades después: el concreto resiste la presión lateral del viento sin mayor problema. Lo que no hace, porque no es su función, es proteger las aberturas.
Una ventana. Una puerta corrediza. Una claraboya. Un acceso de servicio que nadie incluyó en la cotización de protección porque, según el criterio de quien cotizó, no era una ventana importante. Cualquiera de estos puntos, sin protección certificada, puede convertirse en la entrada por la que un huracán categoría 5 destruye un edificio que, por fuera, se ve intacto.
Lo que mostraron las evaluaciones posteriores
En las semanas posteriores a Otis recorrí Acapulco junto con equipos de aseguradoras y constructoras que evaluaban daños para procesar reclamos y planear reconstrucción. El patrón se repitió en la gran mayoría de las propiedades que revisamos, no solo en un par de casos aislados.
Una torre de departamentos en la Costera, por ejemplo, salió de la tormenta con la fachada principal intacta. Vista desde la calle parecía una de las pocas propiedades que había sobrevivido bien. Adentro, un solo tragaluz de servicio en la azotea había cedido en las primeras horas del evento. Nadie lo había considerado parte de la protección del edificio porque no es una ventana que un residente use o vea, pero fue suficiente para presurizar todo el cubo de escaleras: puertas interiores arrancadas de sus marcos hasta el piso 12, plafones caídos en la mitad de las unidades, y semanas de reconstrucción interior en un edificio que, para cualquiera que pasara frente a él por la Costera, se veía perfecto.
En otra propiedad, un hotel boutique con fachada de concreto armado, el punto de falla fue una puerta de acceso de personal en la parte trasera, la que usa el equipo de mantenimiento y no los huéspedes. Esa puerta se había quedado fuera de la lista de aberturas protegidas años atrás. Cuando cedió, el pasillo de servicio se convirtió en un túnel de presión que terminó dañando la cocina, la lavandería y parte del área de habitaciones que conecta con ese corredor.
En los dos casos la construcción era sólida y el problema no era de calidad de obra. En los dos casos hubo una abertura que, al momento de cotizar la protección, alguien decidió que no valía la pena cubrir — y esa fue, en ambos edificios, la única que terminó importando.
La vulnerabilidad está en las aberturas
Durante un huracán categoría 5, el punto débil casi nunca es la pared de concreto. El problema empieza en el momento en que una abertura cede: en vez de quedarse afuera empujando la fachada, el viento entra.
Cuando eso pasa, el espacio interior se presuriza desde adentro, mientras que del lado exterior el viento que pasa sobre el techo genera succión. Esas dos fuerzas actuando al mismo tiempo — la presión empujando hacia afuera desde dentro, la succión jalando hacia arriba desde fuera — son las que levantan techos, revientan muros interiores, inundan habitaciones y convierten lo que pudo haber sido un daño localizado en una pérdida casi total.
El concreto resiste presión lateral. No protege las aberturas. Y las aberturas son, casi siempre, el punto donde se decide si una propiedad sobrevive un huracán categoría 5 o no.
Entender el mecanismo con algo más de detalle ayuda a explicar por qué el daño se multiplica tan rápido una vez que empieza. Un edificio cerrado se comporta, en términos de presión de aire, como un sistema sellado: mientras todas las aberturas resisten, el aire que el viento empuja contra la fachada no tiene forma de entrar, y esa presión se queda afuera, contra un muro diseñado para resistir exactamente ese tipo de carga.
En el momento en que una sola abertura cede, ese sistema deja de estar cerrado. El aire entra a gran velocidad y presuriza el interior del edificio, al mismo tiempo que, del lado exterior, el viento sobre el techo genera succión — el mismo efecto que mantiene un avión en el aire, aplicado ahora sobre la cubierta de un edificio. Un techo calculado para soportar su propio peso más una carga de viento normal de pronto tiene que resistir esa succión exterior sumada a la presión interna empujando hacia arriba desde dentro. Es una combinación de fuerzas para la que casi ninguna estructura residencial o comercial fue diseñada, porque el código de construcción estándar no la contempla como escenario habitual.
Qué cambia entre dos edificios expuestos al mismo huracán
La comparación más útil no es entre un edificio de concreto y uno de materiales ligeros. Es entre dos edificios de concreto, con calidad de construcción parecida, que enfrentaron la misma tormenta: uno con protección certificada en todas sus aberturas, y otro con protección parcial.
El primero, un desarrollo residencial en zona Diamante con protección de envolvente completa que incluía accesos de servicio y claraboyas, reabrió operación normal en menos de una semana. El daño se limitó a jardinería y algunos elementos exteriores no estructurales.
El segundo, a menos de dos kilómetros de distancia, tenía protección certificada solo en ventanas y puertas principales, sin cubrir dos accesos de servicio. Tardó más de tres meses en volver a ocupación normal. Proteger esas dos aberturas adicionales, antes de la tormenta, habría costado una fracción mínima de lo que terminó pagando en reconstrucción.
Este patrón se repite, con distintos nombres de propiedades y en distintas ciudades, después de prácticamente cada huracán categoría 4 o 5 que toca la costa mexicana.
Qué debe verificar cualquier propietario antes de la próxima temporada
Esta es la lista que reviso, propiedad por propiedad, cuando alguien me pide una evaluación seria:
- ¿La propiedad tiene todas las aberturas protegidas, no solo los muros que se ven más vulnerables?
- ¿Las puertas corredizas y las terrazas cuentan con protección certificada, o solo las ventanas frontales?
- ¿Las claraboyas, los ductos de ventilación y los accesos de servicio fueron incluidos en el inventario de protección, o quedaron fuera porque nadie los mencionó?
- ¿La protección instalada fue diseñada considerando presión interna, o solo para lluvia y viento cotidiano?
Cuando alguna de estas preguntas se responde con "no estoy seguro", casi siempre es ahí donde vale la pena mirar primero.
Qué hacer ahora, en la práctica
Lo primero que cambia el resultado no es una técnica distinta, sino la pregunta con la que se empieza la evaluación. En lugar de preguntar si el edificio está fuerte, conviene preguntar por dónde podría entrar el viento.
En la práctica eso significa caminar la propiedad completa, no solo la fachada frente al mar, con esa pregunta en mente. Un recorrido serio de inventario de aberturas incluye:
- Todas las ventanas y puertas de las áreas habitables, sin excepción, incluyendo las que dan a patios interiores o vista secundaria
- Puertas y ventanas de cuartos de servicio, lavandería, cuarto de máquinas y bodegas
- Claraboyas, tragaluces y cualquier abertura en techo o azotea, incluyendo las de acceso a tinacos o equipo de aire acondicionado
- Accesos de personal, entradas de proveedores y puertas de emergencia que el equipo de mantenimiento usa a diario
- Rejillas de ventilación grandes y ductos que comunican directamente con el exterior
Un huracán categoría 5 no distingue entre la abertura más visible y la más discreta; entra por la que esté más débil. Por eso el inventario tiene que hacerse con la misma seriedad en un pasillo de servicio que en la ventana principal de la suite presidencial.
Una vez hecho el inventario, hace falta documentación, no solo apariencia: cada abertura protegida debería tener un respaldo verificable de que fue diseñada para resistir presión sostenida, y no solo el impacto inicial de un objeto volador. La palabra del instalador no es ese respaldo.
En Acapulco, después de Otis, esto dejó de ser una recomendación teórica y se volvió evidencia documentada, propiedad por propiedad. Sigue siendo, para mí, la lección más clara que dejó esa tormenta para cualquier ciudad costera del país.
Cierre
- Otis dejó una lección técnica muy precisa. Un edificio de concreto puede permanecer en pie y, aun así, sufrir daños internos severos si una sola abertura permite la entrada del viento. En ese momento aparece la presurización interna, que trabaja junto con la succión exterior sobre el techo y multiplica el daño con rapidez.
- Por eso la evaluación no debería centrarse solo en la solidez del edificio, sino en la continuidad de su envolvente. La protección tiene que cubrir todas las aberturas — también las claraboyas, accesos de servicio y puntos que suelen omitirse en las cotizaciones — porque la pregunta decisiva no es qué tan fuerte se ve el concreto, sino por dónde puede entrar el viento.