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Testimonio de un sobreviviente a Huracán en México

A continuación presentamos el testimonio de un periodista de Clarín durante su cobertura en México, durante el paso del huracán Gilbert, en 1988, bautizado como “el huracán asesino”, sobre Cancún.

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El recuerdo se basa en que por estas horas el huracán nombrado Patricia estaba  por entrar en territorio mexicano, para ser exactos sobre las hermosas costas de Puerto Vallarta y manzanilla  y estuvo calificado como el huracán más impactante desde que se tenga registro de estos fenómenos climáticos.

Para quienes vivieron este fenómeno catastrófico, es inevitable sentir cierto escozor en la piel. No hay palabras para describir la destrucción y la fuerza catastrófica de estas tormentas.

“El viento golpea con la intermitencia que su movimiento centrífugo le imprime y ese golpeteo infernal produce miedo. Nunca se sabe qué vidrio va a ceder a su fuerza, qué techo volará y hacia dónde, qué columna caerá, hasta dónde llegará el nivel del agua que se derrama con una violencia difícil de imaginar”.

Los reporteros encargados de  esas coberturas en los últimos veinte años del siglo pasado, nunca dejábamos de estar asombrados, por lo menos aquellos que proveníamos de zonas donde esos fenómenos no son comunes.

El paso del famoso ojo de la tormenta es una experiencia extraña, sentir una paz, un sosiego momentáneo que antecede la arremetida que volverá a castigar de forma inclemente, con las ráfagas atacando desde otro flanco, con fuerza descomunal e indomable.

“Guarecerse y rezar”, me dijo el policía que me interceptó oscilando un candil, cuando irresponsablemente manejaba por la avenida que accede al pueblo viejo de Cancún, allí donde viven los que trabajan para el turismo, donde no hay lujos, ni hoteles de gran turismo.

“Busque refugio”, me ordenó. A los cien metros encontramos una casa, con una galería frontal a medio hacer donde cabía el auto, lo estacionamos y golpeamos la puerta, un hombre como de cuarenta años abrió la puerta con desconfianza y sin preguntar quienes éramos nos gritó: “¡Ustedes están locos, entren y recen!”. Tenía razón. El reportero colombiano que me acompañaba en aquella cobertura, a oscuras en el modesto living comedor de la casa, temblaba, y se tomaba a sorbos largos la botella de Tequila reposado que habíamos comprado en el aeropuerto.

“Rece”, me decía a coro con nuestro anfitrión, de quien no recuerdo ni su nombre ni su aspecto, y él mismo se arrodilló junto al dueño de casa frente a una imagen de la Virgen de Guadalupe rodeada de cirios encendidos.

El ruido del viento y la destrucción, allí afuera, casi me convencen de encomendarme al Señor, así de fuerte fue la experiencia. No pudimos dormir. Al alba salimos a la calle, los remezones de la cola de la tormenta todavía golpeaban con fuerza, todo estaba dado vuelta, y aunque nuestro auto había sobrevivido, estaba medio inundado y nos costó bastante hacerlo encender.

Donde apuntaba mi cámara, allí había una foto dramática, a medida que entrábamos en la zona más afectada, el nivel de la inundación y los daños crecía, y las historias que escuchábamos eran aterradoras. La corresponsal de France Presse en Cancún, nos pidió disculpas por no poder ayudar, tenía medio metro de agua en su casa, los techos volados, sus hijos llorando, sin agua ni electricidad, nos aconsejó hacer nuestras notas y salir para Mérida, allí en Cancún, no se podría hacer nada durante semanas.

En Mérida comenzó la segunda parte de esa experiencia que acabaría tres días después, porque ese huracán, el Gilbert, además de ser un huracán  devastador, arrasó  primero Cancún y después de internarse en el Caribe, viró y regreso a tierra para caer sobre el estado de Yucatán, adonde nosotros volvíamos con esperanza de encontrar electricidad, una línea de teléfono y algo comida.


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